08 Ene

2019

—¿Aló? Aquí Iosif Visarionovich Stalin

Abril 18 de 1930: un anónimo operador telefónico en el Kremlin marca el 20327, zona de Moscú, y el aparato —supongamos que negro y con disco, pero quién sabe— retumba en el sexto piso de un edificio de la Bolshaia Pirogovskaia. Mijaíl Bulgákov, hombre de teatro, se ha tendido para echar una siesta —la costumbre le quedó del nebuloso tiempo en que ejercía la medicina— pero la voz de su mujer al otro lado de la puerta parece apremiante: alguien del comité central necesita hablarle.
—¿Mijaíl Afanásievich Bulgákov? —pregunta la voz.
—Sí, sí.

—Aquí el camarada Stalin.
No hay registro exacto de la conversación que sostuvieron el secretario general del Partido Comunista y el dramaturgo y novelista cuyas obras venían siendo prohibidas, una tras otra, desde hacía dos años: todo es conjetural, probable, hipotético. Un par de semanas antes, Bulgákov había escrito una dramática carta a las autoridades en la que pedía que se le diera un empleo, se le permitiera emigrar o bien se procediera con él de la forma en que el partido y el Estado estimasen conveniente.

Había sido el dramaturgo más exitoso de la joven República de los Soviets, pero no tenía 40 años —el 15 de mayo cumplía 39— y su carrera parecía destruida. Alguna vez el propio Stalin honró con su presencia quince funciones de Los días de los Turbin, que se dio cuatro años seguidos en el Teatro de Arte de Moscú —sí: el de Konstantin Stanislavski— y era la primera pieza teatral –y la primera novela, ya que estamos: La Guardia Blanca— en que la revolución de octubre y la guerra civil aparecían desde el punto de vista de los perdedores, aunque la versión teatral tuviera un cierre amañado para despistar a la censura. Pese a todas y cada una de las concesiones, a fines de 1928 el escritor cayó en desgracia y la prensa se sintió con libertad suficiente para anunciar que todos los teatros se verían limpios de sus obras.
El telefonazo de Stalin le permitió a Bulgákov reincorporarse al Teatro de Arte en un cargo menor, y si bien ninguno de sus textos volvió a representarse ni sus novelas se publicaron hasta bien entrados los años 60, al menos no corrió la suerte de Vsevolod Meyerhold, fusilado sin fórmula de juicio cuando tenía más de 60 años, o la de Osip Mandelstam, desaparecido en el gulag, o la de Isaak Babel, muerto en los sótanos de la Lubyanka en 1940.
Stalin era aficionado a esos telefonazos providenciales, capaces de decidir con un carraspeo el destino de alguien que hasta ese minuto o estaba amenazado de muerte o llevaba una existencia relativamente tranquila: la viuda de Mandelstam, Nadezhda, cuenta en Contra toda esperanza que estando Osip ya preso, el hombre de los bigotes de cucaracha telefoneó a Pasternak —Doctor Zhivago era entonces nada más que una vaga sombra— para decirle que la situación estaba en vías de solucionarse. Pasternak, como Bulgákov antes que él, le preguntó si era posible que sostuvieran una pequeña charla: “¿Sobre qué?”, respondió Stalin. “Sobre la vida y la muerte”, dijo Pasternak. Después se hizo el silencio.
Bulgákov sobrevivió diez años a la llamada de Stalin, y no lo mató la paranoia del poder sino una insuficiencia renal crónica. En el tiempo que le fue concedido en la tierra alcanzó a terminar —después de quemarla, pero esa es otra historia— la que quizá sea una de las novelas más hermosas de un siglo pródigo en testimonios sobre el horror y la desesperación: sátira desaforada de la vida literaria moscovita de los años 30, El maestro y Margarita es al mismo tiempo una historia de amor —la de un escritor execrado por la sociedad y la mujer que lo mantiene con vida— y una reflexión sobre la culpa y el perdón que no vacila en meterse con el propio Jesucristo, con Poncio Pilatos, con Satanás mismo.
Bulgákov solía hablar de ella así: “la novela de Satanás”, decía; la había empezado en 1929 cuando todos los caminos parecían cerrarse frente a él: pero la llamada telefónica de esa tarde de abril del año 30 cambió, muy probablemente, el rumbo de la novela y la idea que Mijaíl Afanásievich tenía del Mal Absoluto.

Te recomendamos:

Mijaíl Bulgákov: El maestro y Margarita

Mijaíl Bulgakov y Evgeni Zamiatin: Cartas a Stalin

Tzvetan Todorov: El triunfo del artista. La revolución y los artistas rusos, 1917—1941

 

 

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